HEATH GREEN & THE MAKESHIFTERS “Heath Green & The Makeshifters”

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Qué grupazos nos perdemos a veces por una primera impresión equivocada. En estos tiempos de picoteo más que de degustación musical, nuestro inconsciente nos mete prisa para cambiar de tercio a la primera de cambio si no sentimos un flechazo inmediato, y especialmente con un género como el rock americano, en el que siempre se impone el respeto a ciertos cánones, el riesgo de cometer un error por impaciencia suele ser muy recurrente. No lo cometan con Heath Green & The Makeshifters, háganme el favor.

Hablamos de primera impresión porque se trata de una banda recién nacida, residente en Birmingham (Alabama) y liderada por un tipo (Green) que hasta la fecha había editado un EP de folk (“Dirty Green”, 2011) y un LP de country-rock (“Sweet Justice”, 2012) en los que demostró sobradas dotes de composición e interpretación, además de un refinado conocimiento del terreno de juego. Pero ahora, al frente de los Makeshifters tira de músculo para construir un discurso más instintivo, más animal.

En cuanto termina la apertura de “Out in the city” y estalla el primer riff intuyes que estás ante una banda curtida en mil bares (aunque sean debutantes sí llevan un tiempo batiéndose el cobre en los escenarios de su ciudad), de las que saben dejar sin aliento a su público a base de arrojo y actitud. Armónicas deliciosamente salvajes acompañan a la abrasiva garganta de un Green que se deja arrastrar por la fiereza de sus muchachos recordando al Joe Cocker de la etapa Grease Band, y que a continuación se viste de Chris Robinson en “Secret Sisters”, un segundo tema de soul poderosísimo, con punteos sin una sola nota de desperdicio, de los que te dictan sólo una cosa: sigue escuchando. “Ain’t got God” y “Ain’t it a shame” demuestran que hay baladas, sí, pero no medias tintas. Y es que es en los tiempos más lentos donde el grupo se consagra esquivando convencionalismos, removiendo las tripas con pura verdad y sin ñoñadas ni obviedades, al estilo de los Zeppelin más desatados. Avanzando en el tracklist, uno se da cuenta de que incluso los temas menos matadores tienen algo, como ese “Hold on me” atravesado por feroces puentes de guitarrazos, o esa “Took off my head” de aire honky-tonk que siempre termina cogiéndote del pescuezo si le das el tiempo suficiente. Mención aparte merecen la montaña rusa de blues-rock en “Living on the good side” o el western psicodélico de “Sad eyed friend”, un cierre fantástico para un disco fantástico que promete emociones aún más fuertes en directo.

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