ROBE “Destrozares. Canciones para el final de los tiempos”

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El Mesías del Rock Transgresivo, antaño alma máter de Extremoduro, presenta su segundo disco en solitario, un plástico apocalíptico acorde con los días oscuros que corren, con instrumentaciones más pausadas y sombrías, para ilustrar estos tiempos criminales donde parece que la humanidad quisiera devorarse a sí misma y dejar un planeta arrasado tras de sí.

El espíritu que recorre los surcos (el tema de la desolación es recurrente) no es nuevo, siempre llueve sobre mojado. Ya en 1992, en la era de de los fastos en nuestro país, donde todo eran Olimpiadas, Exposiciones Universales y modernidad, Roger Waters editaba su celebérrimo “Amused to death”, otro magistral álbum apocalíptico (“Abocados a la muerte”), que la crítica recibió con excelentes menciones, como una segunda parte apócrifa del excepcional “Dark Side of the Moon” de la banda madre, Pink Floyd,  mientras que en idénticas fechas, Megadeth lanzaban a quemarropa su grito “Countdown to Extinction”. De la capitalidad cultural apenas nos enteramos en este “Imperio de Paletos”, pasó de largo, no se detuvo en esta estepa mesetaria.

En el año 0 de la Globalización, para los músicos más lúcidos había comenzado ya la cuenta atrás para la extinción (de la raza humana) y lo que ha llovido después… Huracanes de infamia en atroces y sanguinarios genocidios en Yugoslavia, Afganistán, Irak o Siria. El ser humano no tiene remedio y siempre tropieza en la misma piedra. “Planeta Tierra fundado como una cruel escuela de guerra” como apunta Sherpa, mientras Robe sube un escalón en “Puta humanidad” y dicta la sentencia definitiva: “He dejado de creer en esta puta humanidad, creo que lo mejor sería una guerra nuclear…”

Por mucho que Robe se declare a estas alturas “Por encima del bien y del mal” (quizás la mejor canción del disco, junto a la puntera “Destrozares”, que da título al conjunto), “muere a toda horas gente dentro de mi televisor, quiero escuchar una canción que no hable de sandeces y que diga que no sobra en el amor…”. Repetimos tres lustros después: “Voy a enchufar la televisión y sale un tío disparando alrededor. Vuelvo a enchufar la televisión y sale gente huyendo de la destrucción…”. Mientras los dedos se le hacen huéspedes a nuestro bardo de cabecera: “Todo lo que tengo, todo lo que quiero, todo lo que siento se me vuelve ajeno”. Aguda visión: “Todo lo que escucho, todo lo que leo, todo lo que veo me queda tan lejos…que puedo andar por encima del mar, por encima del bien y del mal”.  La sin par “La Vereda de la Puerta de Atrás” ya tiene una magnífica y gloriosa continuación. En esto del rock’n’roll y los apuntes filosóficos trascendentales, nada nuevo bajo el sol.

Como si Robe quisiera salir de su cuerpo y transmutarse en un Enrique Morente dolorido en “El cielo cambió de forma” o en un Albert Pla más lunático que nunca, “Siento que estoy en un momento delicado…”, confesión sin tapujos a cargo del Iniesta más artístico de los últimos tiempos (con perdón de Víctor, guitarrista de El Bicho y Candelaria, y por supuesto del otro ídolo patrio, Don Andrés y su filigranas con el balón, un malabarista que levita en el verde césped, que antaño se fumaban los miembros de Extremoduro), las instrumentaciones de este trabajo dejan a las claras que nuestro protagonista huye del rock duro como quien escapa de la quema. También en ese terreno pliega velas, cediendo el protagonismo a los violines y a las cuerdas en general, que le atan al mástil de la vida, como Ulises ante su trágico destino.

Jodido a más no poder, Robe Iniesta entona “La canción más triste”. Acordes de piano para iluminar el claroscuro. “Corren tiempos perros” que ya anunció el monarca del rock’roll patrio Miguel Ríos en su célebre álbum junto a las estrellas del Rock Latino. Y eso que no había llegado Donald Trump a la Casablanca. Va a resultar que da cacareada democracia es una falacia, un engañabobos para que la masa borreguil y subnormal sea maltratada hasta sangrar. “Bienvenido al temporal”. Se antoja una dura y prolongada tormenta.

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