AC/DC, los titanes golpean de nuevo (crónica del primer concierto en el Calderón, 31 de mayo)

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Tras cuarenta años de gloriosa carrera musical, iconos del rock’n’roll más poderoso y electrizante, con sus miembros casi al borde de la jubilación (sexagenarios ilustres quemando sus últimos cartuchos), Angus Young y compañía se resisten al inevitable retiro en lo que para muchos es su última gira por estos pagos. HRB fue testigo de la efeméride y queremos destripar tan magno acontecimiento en esta crónica apasionada y a quemarropa…

La mítica banda australiana AC/DC actuó en el Estadio Vicente Calderón de Madrid, dentro de la gira “Rock or Bust”, con Stevie Young a la guitarra rítmica en sustitución de su tío Malcolm (que causó baja en la banda el año pasado por severos problemas de salud) y con el recuperado para la causa Chris Slade, aporreando la batería, en el puesto de Phil Rudd (con problemas legales en Australia que no le permiten salir del país) y cuajaron otro recital electrizante en loor de multitudes, con mucho ritmo y toneladas de rocanrol para alegrar a su insaciable audiencia.

Ambiente de las grandes ocasiones en los alrededores del Estadio del Manzanares y noche de ‘rock’n’roll celebration’ para una parroquia entregada a la causa como pocas. Hubo escasa reventa en las inmediaciones del recinto y a diferencia de la descarga de los Rolling Stones en el estadio rival el año pasado (donde la reventa y el mamoneo en el despacho de localidades de escasa visibilidad a más de 135 euros por cabeza fue de auténtica vergüenza, propia y ajena) los devotos de sus otras Majestades Satánicas (los Titanes Australianos del Rock’n’Roll de Alto Voltaje), no se dedicaron a comprar entradas a mansalva para luego revenderlas, y cada espectador fue ubicándose en su localidad, en un recinto con grandes controles y medidas de seguridad, como viene siendo habitual en este tipo de eventos.

Una legión de controladores-acomodadores marcaba el paso para que nadie pudiera colarse en una localidad distinta a la suya. Entradas a 85 euros la más barata (menuda diferencia con aquellas 700 pesetas) que costaron AC/DC en su primera aparición en Madrid, allá por 1981, en el mítico Pabellón, donde ahora se plantan las Cuatro Torres de la Castellana. En 1996 (Las Ventas) y 2000 (Palacio de los Deportes) los tickets rondaban las 3.500 – 4.000 pesetas respectivamente (20-25 euros). Como ha cambiado el cuento, amigos, parece que la CULTURA solo queda al alcance del público pudiente. Una localidad de gallinero (tercer anfiteatro) no debería costar 75 euros más gastos. No lo vale, podemos asegurarlo, pero el sufrido espectador tiene que pagar actualmente por todo el mangoneo que hay alrededor del espectáculo, empezando por el desorbitado precio del alquiler del estadio, más el IVA al 21%, y continuando por el enjambre de personal contratado, cuando con otro sistema, se ahorraría un montón de dinero, por ejemplo, contratando el Auditorio Miguel Ríos de Rivas… pero queda muy turístico (y con mayor fuste para el destino en lo universal) que AC/DC actúen en la capital.

Pero vayamos a la fiesta. En los bares corrió la cerveza a mansalva. La atmósfera generada en los aledaños desde media tarde fue inenarrable, la de los grandes aquelarres rockeros vividos en la capital desde que el viejo profesor Tierno Galván se hiciera cargo de la alcaldía y los madrileños pudieran disfrutar aquellas inolvidables veladas en el Paseo de Camoens primero y el Rockodromo de la Casa de Campo después, en los añorados y mitificados años ochenta. Los que vivieron aquella edad de oro (esperemos que pueda recuperarse con Manuela Carmena como Regidora Municipal) saben perfectamente de lo que estoy hablando…

En el capítulo estrictamente musical, nuestros protagonistas ‘regalaron’ una velada de rocanrol electrizante y muchos watios de sonido, con un repertorio previsible cuajado de clásicos. De su último disco “Rock or Bust” solo sonaron tres piezas: la que da título al álbum en el inicio del show, “Play ball”, quinto corte de la noche y “Baptism of fire” en el ecuador del evento. El resto, todo clásicos en un trasiego maravilloso que comenzó al son de “Rock or Bust” con fuegos de artificio y un mar de luciérnagas rojas entre la concurrencia (los cuernos rojos luminosos con el logo de la banda que se vendían como atrezzo) para continuar en una detonación rítmica de muchos quilates con esos dos trallazos: “Shoot to thrill” y “Hell ain’t a bad place to be” que hicieron agitarse hasta el éxtasis al respetable. La calidad de sonido no fue buena hasta la quinta o sexta canción, cuando los técnicos se hicieron definitivamente con el control de la nave.

A partir de ahí, rayos y truenos: “Dirty deeds done dirt cheap”, “Thunderstruck”, “High Voltage” con protagonismo absoluto para Angus Young y Brian Johnson en las pantallas gigantes. En ese sentido, la escenografía, muy sobria, fue manifiestamente mejorable, al igual que la realización audiovisual del show. Cliff Williams (bajo) y Stevie Young (guitarra rítmica) apenas tuvieron cabida en la retransmisión del evento, si acaso como protagonistas secundarios, a los que se quería eclipsar del plano principal. En una descarga de tal enjundia, todo el mundo espera que los recursos visuales estén a la altura, pero en esta ocasión, no brillaron las grandes pantallas, todo lo más el escenario iba cambiando de color, registrando diversos ambientes en rojo (fuego), verde o morado. “Rock’n’Roll Train” sirvió de aperitivo para otro de los momentos estelares de la noche: la maravillosa “Hell Bells” en recuerdo de nuestro amado y añorado Bon Scott. Un cantante ‘gatuno’ sin igual, en el Olimpo de los más grandes, que cimentó la época dorada del combo australiano.

Su sustituto, el vocalista ‘camionero’ Brian Johnson se marcó varios ‘gallos’ a lo largo de la noche (como en él viene siendo habitual) y así llegamos a ese bautismo fogoso “You shook me all night long” más la prescindible “Baptism of fire”, que dio paso a un diamantino tramo final, con los AC/DC (y en especial su guitarrista emblemático Angus) en estado de gracia. Abordaron entonces una descomunal “Sin city” (con interludio diabólico incluido) y cinco temas para relamerse, las maravillosas “Shot down in flames” y “Have a drink on me”, amén de la explosivas “T.N.T.”, “Whole lotta Rosie” y “Let there be rock”, con la banda verdaderamente sembrada, marcándose un torrente genuino de rock’n’roll y boogie de alto voltaje, al alcance solo de los dioses, que encandiló hasta el más pintado. Y vuelta a las tablas con los dos bises postreros de la noche: “Highway to hell” y la estelar “For those about to rock”, cañones y fuegos artificiales incluidos, para poner broche final a un encuentro irrepetible, una explosión infinita de felicidad y fraternidad rockera a orillas de río Manzanares. Esperamos repetir pronto !!

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