MIKAL CRONIN, el destructor de cuerdas (crónica del concierto en El Sol, 29 julio)

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Un sold out técnico, en estas fechas, sólo lo consiguen artistas consagrados o pequeños hypes emergentes. Mikal Cronin está en el segundo grupo, el de “tienes que verlo para estar a la última”, y bromas aparte… si por allí estaban Eva Amaral y Juan Aguirre es porque el chaval está dando mucho que hablar. Casi hasta se podría decir que es más famoso ya que su amigo y ex capitán Ty Segall, del que tan claramente ha querido independizarse en su segundo disco, producido por él mismo en lugar de por “Ty-Fi”, que le dio un aire mucho más guerrero y sucio a su espléndido debut. “MCII” es más pop, más aseado, con más posibilidades comerciales. Pero anoche en El Sol Cronin repartió su escaso repertorio fifty-fifty entre los dos, cosa que agradecimos mucho.

No pudimos ver a His Majesty & The King por obligaciones laborales (estuvimos cubriendo el concierto de Dulce Pontes en el Price, MIKAL CRONINespectacular por cierto), y llegamos con la lengua fuera al comienzo del bolo de Cronin. Como era de esperar, el volumen a todo trapo voló por la sala desde el minuto uno, con los miembros de la banda lanzando pildorazas como “Is it alright”, “Get along”, “Apathy” o “Weight” con energía, aunque con una actitud algo pasiva con el público, al que apenas llegaron a mirar en toda la noche. Daba la sensación de que el de ayer era sólo un concierto más para ellos, y de hecho lo era, pero que se note es un fallo por su parte.

Y entonces llegó el festival de parones por los problemas del líder con su guitarra. Primero afinando entre tema y tema (que ya tenemos una edad, Mikal…), y después con las roturas de cuerdas, que llegaron a ser tres si no recuerdo mal. “Gracias por vuestra paciencia”, decía el bueno de Cronin mientras ponía una nueva cuerda en el mástil.

La fiesta fue creciendo en la audiencia con “Shout it out”, “Am I wrong”, “See it my way”, “Change” y “Gone”, todas muy bien ejecutadas, destacando el guitarra solista, de un estilo jevorro de lo más vistoso, y flojeando la baterista, que no aportó nada más allá de marcar los ritmos y dio algunos toques de caja donde no había que darlos y viceversa.

Cuando llevaban 45 minutos sobre el escenario, se retiraron a los camerinos poniendo de los nervios al respetable. Al propio Cronin se le veía algo indolente en la despedida, quizá incómodo y ahstiado por tanta complicación con las cuerdas rotas. Volvieron a salir, pero sólo para tocar un bis y volverse a marchar como si la cosa no fuera con ellos, entre gritos de “¿pero adónde vais?”… En total, ni una hora de concierto. Vale que la breve discografía de Mikal Cronin tampoco tiene para mucho más, pero con un poco de entusiasmo más y otros dos temas, nadie habría salido de allí con la menor queja.

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