La magia venció al ruido: Crónica del concierto de BON IVER en Vistalegre

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Con una acústica decente, un concierto de Bon Iver debe ser una de las experiencias más estimulantes del panorama musical actual. Intentarse, se intentó. Se desplegaron las ya famosas lonas blancas en el graderío para mitigar la reverberación, y el técnico de sonido trabajó duro, pero el milagro se obró a medias.
El Palacio Vistalegre registró una buena entrada para recibir al flamante ganador de dos Grammy, que llegó para presentar su celebradísimo disco homónimo con una banda de ocho miembros. Ocho compañeros de viaje increíblemente bien compenetrados hasta en los momentos de maremoto que provoca su líder, un Justin Vernon al que parece salirle todo bien sobre el escenario. Hasta las bromas: “¿Cómo estáis amigos? Bienvenidos a mi corrida de toros”, dijo el barbudo cantante a sus fieles, que estallaron en carcajadas.

Hubo un instante muy revelador acerca de su eficacia en el atrevimiento, cuando al poco de empezar mandó a su banda al banquillo para encarar solo y a capela, frente a unas seis mil personas expectantes, un juego de loops vocales con autotune que dejaría patidifuso a cualquiera. Pero esas marcianadas tan peculiares y, por alguna extraña razón extremadamente bellas, son parte del porqué de su éxito entre los amantes del folk de altos vuelos, alejado de la obviedad y siempre con el radar activado para encontrar nuevos elementos sobre los que gravitar alejado del mundanal pop.

El falsete, casi una constante en el estilo de Vernon, estuvo en el punto de mira de todos anoche. Y nadie salió de allí con la menor objeción: sonó como si descendiera de las alturas, angelical y firme, con estremecedoras modulaciones que fueron objeto de verdaderos aullidos de ovación.

Su hora y media -ahí sí hubo alguna queja- fue una experiencia de fantasía, también gracias a una estupenda escenografía de lámparas y proyecciones de colores sobre telones rasgados, que sirvió perfectamente a la causa introspectiva. Y es que viendo a Bon Iver es fácil abandonarse y perder el sentido del tiempo, por poco fina que suene su música debido a condiciones adversas como las de ayer. Así que, pese a ciertos barullos sónicos en piezas de pura cabalgada, la magia pudo surgir en varios momentos de la noche, como una “Towers” que salió espectacular, y especialmente con la fraternal y escalofriante “Skinny Love”.

Después, en los bises, pidió ayuda a su público para cantar y terminó el recital con la esperada “For Emma”. Ahí, un verdadero hechizo cayó sobre Vistalegre, con una sección de metales ensoñadora y un Vernon que rozó la perfección.

Setlist:

PUBLICADO POR NACHO SERRANO EN ABC

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