Crónica del concierto sorpresa de SMASHING PUMPKINS en la sala Arena de Madrid

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Los oscuros requiebros del divo grunge

Tras su actuación en la Riviera en el pasado mes de diciembre, Smashing Pumpkins programaron un concierto ‘por sorpresa’ en la Sala Arena (antigua Heineken), con las entradas despachadas en cuestión de horas al módico precio de 25 pavos más gastos (30 euros en total), en un adelanto de lo que será su esperado nuevo elepé “Teargarden by Kaleidyscope”. El divino oráculo calvo Billy Corgan volvió a lucir palmito en una abarrotada sala, desatando una tormenta ruidista en la que repasó los principales hits de la banda: “Zero”, “Bullet with butterfly wings”, “Today”, “Ava Adore”, “The ever lasting gaze”, “1979”… ante una audiencia en estado de éxtasis, entregada de antemano para la causa.

He de reconocer que la canción que más me gustó del show fue la versión del “Black Diamond” de los Kiss con la que abrió y cerró el evento, de lo cual se pueden deducir dos claras conclusiones: a) lo mucho que me emocionan los trallazos de la inconmensurable banda de Detroit  b) lo poco que me ponen las oscuras composiciones del autor de “Siamese dream”(93) o “Mellon Collie and the Infinite Sadness”(95), dos de sus álbumes más celebrados, en pleno huracán de sonidos alternativos que se llevó por delante todo el buen gusto musical y el rock ochentero que siempre me cautivó, ya fuera en su versión dura (hard-rock) o en su versión soft (A.O.R).

A partir de Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden, o los protagonistas que nos ocupan, nada fue igual en el planeta Rock’N’Roll. Pero el tiempo pone a cada uno en su sitio y las sobrevaloradas bandas de Seattle, agrupadas muchas de ellas en el sello Sub Pop, tuvieron una vida efímera en la mayoría de los casos. Buenos ejemplos fueron los Screaming Trees, Stone Temple Pilots y los chiflados (y festivos) Jane’s Addiction. De cualquier forma siempre pensé que los mejores -con diferencia- de esa hornada (y a las pruebas me remito) eran Faith No More, cuya capacidad armónica y rítmica estaba muy por encima de sus compañeros de generación; en sus sarcásticas canciones había un poso muy evidente de rock progresivo que ellos orientaron hacia el funk-metal, en discos maravillosos como “The Real Thing” o “Angel Dust”.

Volviendo al show que nos ocupa, hay que reconocer que Corgan estuvo comedido y centrado, olvidando la egolatría de otras ocasiones, bien arropado por Jeff Schroeder a la guitarra rítmica, el querubín Mike Byrne a la batería (atómica) y la guapa bajista Ginger Roger. Tanto claroscuro y tanta puñeta guitarrera, “Cherub rock”, Muzzle”… sin riffs estructurados, sin pies ni cabeza, desataron al final la euforia de la concurrencia ante mi perplejidad, para terminar rindiendo pleitesía al gran ‘camaleón’ y catedrático del Glam-rock, David Bowie con la deconstruida “Space Oddity”. Será que me estoy volviendo viejo, pero cada día se me antoja más claro que en esto del ROCK, cualquier tiempo pasado fue mejor.

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