M. WARD, entre la vida y la muerte (de los otros)

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Ampliación de la entrevista publicada por Nacho Serrano en el suplemento Cultural de ABC, el pasado viernes.

Más allá de los antecedentes propiciadores –haber nacido en una familia de músicos, o al menos en un entorno favorable a la creatividad -, hay instantes en la vida de un escritor de canciones que marcan a fuego el horizonte de su cosmología artística. Suelen ser momentos intensos, traumáticos, redentores, o como en el caso de Matthew Stephen Ward, extremadamente contradictorios. En 2001 falleció John Fahey, un artista folk con el que se había obsesionado tras escuchar el disco “The Transfiguration Of Blind Joe Death”, y decidió asistir al funeral como un admirador más sin saber que se dirigía hacia su epifanía personal. En mitad de la despedida, uno de los presentes sacó una harmónica y comenzó a tocar una canción del repertorio del difunto, una transmutación del desgarro en arte que Ward identificó inmediatamente como “el ideal de lo que debe ser la música: vida y muerte en una pequeña melodía”.

El efecto de aquella experiencia guio al de Portland a través de su vasto océano de pensamientos, como un sónar que señaló las coordenadas del lugar idóneo donde echar el ancla. Allí escribió “Transfiguration Of Vincent” (2003), el álbum que le concedió el reconocimiento masivo, y desde entonces, Ward ha ido enviando sucesivos mensajes en botellas que han cambiado la vida de muchos de los que se las han encontrado. El próximo llegará a nuestras orillas el próximo martes, con el título de “A Wasteland Companion”. “La primera vez que me fijé detenidamente en lo que significan esas palabras fue en un poema de T.S. Elliot”, explica el autor. “Es un término muy útil, que puede describir un lugar en el tiempo y en el espacio que te ayuda a saber quién eres”. Pura evidencia de lo fresca que sigue la huella de aquel emotivo adiós a Fahey.

“Lo curioso es que el título también puede evocar la situación por la que pasa un país entero -señala Ward-, es algo que me han comentado muchos amigos míos, y creo que muchos oyentes lo harán. Pero mi intención es enfatizar la palabra “compañero”, como algo que te ayuda a seguir adelante, que te señala el camino y te anima a no desconcentrarte de tu objetivo a pesar de las dificultades”. Es, según explica, “ese compañero que saca de ti lo que necesitas para poder formar parte de la vida del oyente a través de tus canciones”.

El alma creativa de Ward no sólo tiene la suerte de contar con ese compañero, sino que además cuenta con un motor perfectamente engrasado. “Mi método para escribir canciones no ha cambiado desde que tengo 16 años”, explica. “Intento que surjan poco a poco, partiendo de algo nuevo, haciendo versiones de artistas que descubro investigando en el árbol genealógico del folk americano, revisitando temas míos descartados, o todo a la vez, experimentando con afinaciones, técnicas con la guitarra o giros rítmicos. Nunca se sabe cómo puede brotar la canción que buscas”.

Lo que sí ha sido una novedad en este trabajo -en el que, dicho sea de paso, colaboran figuras como Steve Shelley, Howe Gelb o John Parish) es “el proceso de grabación, que se ha desarrollado en diferentes estudios por los que he pasado en los últimos tres años -explica Ward-, lo cual da un carácter especial a este disco, mucho más completo a la hora de describir lo que he vivido durante este tiempo. Antes siempre grababa entre las mismas cuatro paredes de mi local en Portland”. El método a la vieja usanza sigue siendo sagrado: “grabar en analógico es el único con el que disfruto”, asegura. Pero se ha adaptado a los tiempos ofreciendo el álbum entero en streaming, “una decisión difícil de veras, porque mi deseo es que mis canciones sean escuchadas sólo en vinilo”, apunta Ward, aunque no sin dejar claro que está cansado de rasgarse las vestiduras “ante el inevitable cambio en la forma de consumir música”.

La cuestión de la renovación

Con otra nueva colección de extraordinarias canciones, unas como soles, otras como cielos estrellados, M. Ward encaja piezas de tres minutos que van del folk crepuscular al rock oldies e incluso esbozos de glam (deliciosa versión del “Sweeheart” de Daniel Johnston) en un puzzle perfecto que se hace cortísimo, y que cumple como nunca la ley suprema que se ha autoimpuesto para dictar su idea del acabado perfecto: “el equilibrio natural entre luz y oscuridad”. “A Wasteland Companion” es el mejor trabajo de su discografía, pero su exuberancia creativa es tan expansiva que resulta absolutamente verosímil no dudar de que sólo lo será hasta que publique el siguiente.

Su fórmula secreta para reinventar el folk americano lleva diez años creando escuela en el panorama indie –observen, por poner un ejemplo llamativo, el punto de encuentro con Alex Turner (Arctic Monkeys), en las voces de “I get ideas”-, a pesar no sólo de haberse revelado inimitable, sino también de la total involuntariedad de Ward. “No me considero un renovador… Entiendo que en España tengáis esa visión de las cosas, pero el hecho de que el country haya sido una tendencia o una moda en la última década, y que haya influido en otros géneros, es una cosa en la que no acabo de identificar la novedad, porque en Estados Unidos es algo que siempre ha ocurrido”, exclama con un irrebatible sentido de la realidad, y un no menos contundente desapego a las fronteras basadas en etiquetas y escenas.

Precisamente esa amplitud de miras es lo que le ha llevado a ser el colaborador más buscado del panorama internacional, con docenas de bandas y solistas haciendo cola para grabar con él. Una de ellas, sin embargo, ha tenido la suerte de formar pareja con él: la actriz Zooey Deschanel, con la que firma canciones bajo el nombre de She & Him. “¿Por qué ella? Es un poco como ese compañero del que hablaba, porque con ella, cuando creo que he llegado a la meta me inspira para cavar aún más hondo, me estimula para mantener ese esfuerzo extra que te hace llegar a lugares insospechados. Además, es otra obsesa del estudio arqueológico del country y el blues tradicional de nuestro país, como yo. Desde que editamos nuestro álbum de villancicos la pasada Navidad no hemos podido vernos, ya que ella va a estar una temporada completamente absorbida por su nuevo trabajo en una serie de televisión, y yo con la gira de mi disco. Pero acabo de recibir un e-mail suyo con esbozos para nuevas canciones, y estoy deseando volver a grabar con ella”.

En cuanto a conciertos en España para presentar “A Wasteland Companion”, Ward nos chiva que está negociando “para actuar dentro de pocos meses en un festival en Vitoria”. “¿El Azkena?”, le preguntamos medio en broma. “Creo que sí, que es ese, el Azkena”.

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