Excavación del Día: “Signed D.C.”, de LOVE

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Un 7 de marzo como hoy, en 1945, nació Arhur Lee Porter en Memphis, Tennessee. El joven mulato se trasladó a Los Angeles, donde creó y destruyó la exuberante banda LOVE, no sin antes llevarla hasta lo más alto en términos de calidad, belleza creativa y originalidad, construyendo una música extremadamente particular, con un sonido inconfundible y un estilo renovador, inédito, en el que confluían rythm’n’blues, rock psicodélico, jazz y pop con inefable resultado. Esta Excavación del Día (un desgarrado mea culpa sobre la adicción a las drogas) va dedicada a este huracán de talento.

La mezcla perfecta de mala suerte y decisiones equivocadas hizo que no llegase a vender tanto como otras bandas de los 60, pero sin duda merece estar ubicada en el Top10 de las mejores. Lee, personaje ambicioso y excéntrico a partes iguales (caminaba por las calles de Los Angeles con un sólo zapato, y su estética marcó al que sería uno de sus mejores amigos, el también mulato Jimi Hendrix, así como al movimiento hippie en general), formó el grupo en 1964 y en cuestión de meses ya era uno de los fenómenos musicales de la Costa Oeste.

Como recordaría años más tarde John Densmore, batería de The Doors (lJim Morrison y cía querían ser “tan buenos como Love”), eran “muy ruidosos, psicodélicos y con pintas extravagantes. Cuando los vi por primera vez yo odiaba el rock, era un friki del jazz, pero me dejaron anonadado”.

Sus tres primeros discos, “Love” (66), “Da Capo” (67) y “Forever Changes” (67) -este último, citado por numerosos críticos como obra cumbre de la música pop- los grabó junto a una formación más o menos estable, pero terminó disolviendo la banda (de un modo completamente injusto en opinión de muchos fans) para tener el control total del proceso creativo. La trilogía inicial es soberbia, pero tras la purga Lee fue capaz de entregar nuevos álbumes no menos formidables: “Four Sail” (69), “Out Here” (69), “False Start” (70), “Reel to Real” (1975) o el solista “Vindicator” (72).

Dotado de una sensibilidad de genio, Arthur Lee era sin embargo un tipo de trato difícil. Mítica es la anécdota en la que echó a patadas a Jim Morrison de su casa porque estaba retrasando un ensayo al compartir un severo viaje de ácido con el guitarra Bryan MacLean, o aquella en la que unos estudiantes de cine de Berkeley que pretendían hacer un documental sobre Love salieron espantados, también de su casa, porque Lee se puso agresivo al sospechar que le habían robado unos dólares de la mesa del hall. Era sin duda un carácter quizá demasiado fuerte, que podía mostrar un lado extremadamente amable o convertirse en un ser altamente posesivo, paranoide y en ocasiones violento.

Sin embargo, un golpe de suerte (buscada, eso sí), permitió a quien esto teclea comprobar que en sus últimos años de vida era un hombre feliz, afable y en paz con el mundo, pues pudimos compartir unos instantes de músico a fan (no a periodista) llenos de cariño y de sincera gratitud. Quizá su paso por la cárcel -insisto, quizá-, debido a una condena por disparar al aire en posesión de cuatro gramos de cocaína le diera una perspectiva diferente para encarar su último tramo terrenal. Estuvo preso entre 1996 y 2001, año en que regresó a los escenarios para iniciar una serie de giras, en una de las cuales se produjo este feliz encuentro del que Lee se llevó un obsequio de cosecha propia (agradecidísimo, por cierto), además de los pertinentes abrazos del oso y elogios de ferviente admirador.

En 2005, el alcoholismo y la leucemia le impidieron seguir subiéndose a los escenarios. Sólo un año después, el 3 de agosto de 2006, abandonaba este mundo para tocar una tonada más con su amigo Jimi Hendrix.

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