31 aniversario de la muerte de JOHN BONHAM

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¿Qué se podría decir de primeras de un tipo que no pudo alcanzar la edad de Cristo, falleciendo ahogado en su propio vómito tras ingerir todas las reservas de vodka que su garganta fue capaz de trasegar? Si añadimos que se trata de un músico, parece que queda todo dicho. Una sarta de tópicos acerca de la erótica del poder, la mala vida, el éxito o el ascenso fulgurante de jovenzuelos con chispa que pasan de la noche a la mañana del suburbio a la mansión sin pagar peaje. Individuos cuya incapacidad para asimilar el vértigo y la vorágine vital degenera en un descenso a los infiernos, previo paso por todas las tascas de lujo, crueles antros sin piedad para con el débil, quien acabará indefectiblemente aficionándose a todo el whisky del mundo para terminar con una aguja colgando del brazo o con el estómago repleto de toda clase de alucinógenos, somníferos o barbitúricos y que concluyen con aquella legendaria y estúpida frase, atribuida a James Dean, sobre vivir rápido y morir joven. Es la conclusión, tan injusta, a la que se llega: “otro al que se le subió el guapo y al no controlarlo, ni ser capaz de controlarse, decidió echarse una batería de latigazos de vodka al coleto”.

Desde este punto de vista, John Bonham podría pasar a la historia como uno de tantos músicos que pusieron su grano de arena en la mística artística del exceso. El rastro de talentosos cadáveres que dejaron un legado brillante pero inconcluso a causa sus devaneos con las drogas y el alcohol llega hasta nuestros días: desde Jimi Hendrix –el genio zurdo también se ahogó en su propia náusea después de meterse una mezcla de somníferos y barbitúricos bien regada en demasía con alcohol-, pasando inmediatamente por Janis Joplin, cuya fuerza vocal nos arrebató la heroína apenas dos semanas después del fallecimiento del guitarrista de Seattle, hasta completar una alineación de primeros espadas del rock n’ roll en la que figuran Gram Parsons, Sid Vicious, Keith Moon –el autodestructivo batería de los Who se descontroló con el fármaco que, paradójicamente, controlaba su adicción a las bebidas destiladas-  Tommy Bolin, Bon Scott –éste también asfixiado tras su propia basca en un exceso etílico-, Phil Lynott y un largo etcétera que alcanza hasta nuestros días, con las nebulosas versiones que rodean la muerte de Amy Winehouse. Como en el caso de la diva del soul, la sombra de las drogas se extiende asimismo sobre las alargadas lápidas de otros “grandes”, tales como Brian Jones, Jim Morrison o Kurt Cobain, entre otros.

Visto así, el malogrado baterista de Led Zeppellin tal vez pasaría únicamente a engrosar una larga lista en la que compartiría el dudoso Olimpo de los “carne de cañón” con tantos y tan ilustres compañeros si no fuese porque estamos hablando, posiblemente, de un revolucionario, el mejor a las baquetas, de acuerdo con las siempre dudosas, vanas y opinables listas de las revistas especializadas.

Discusiones huecas aparte, de lo que no cabe duda alguna es de que ‘Bonzo’ fue un pionero, un músico al que el rock duro actual debe su sonido plano, seco, rotundo y vigoroso, pero que al mismo tiempo marcó el camino de tantos y tantos otros bateristas introduciendo múltiples cambios de ritmo en las melodías, desmarcándose la batería del rol secundario, implantando novedosas formas en la percusión y desbrozando el instrumento hasta consolidarlo como solista. Hoy se cumplen 31 años del nacimiento de un artista principal, imprescindible para entender el nervio actual del rock. Os dejamos con esta Excavación del Día, en la que posiblemente, es una de sus más famosas piezas: el impresionante solo de Moby Dick, en el directo del Royal Albert Hall de 1970.

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