Crítica – FREAK MUMMY «Ombres Chinoises»

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Género: Indie-Rock

Sello: Autoeditado

PUNTUACIÓN: 7,75

Existen discos que frustran, si la frustración puede considerarse un estado de ánimo positivo. Discos que acarician la brillantez, la cortejan, la seducen y la besan con delicadeza o con desenfreno, pero no alcanzan a llevársela al dormitorio y no consiguen por tanto culminar una obra redonda. Hay canciones que convierten la compra de un álbum en una necesidad perentoria, ya sea por agradecerle al autor el disfrute de cuatro o cinco minutos mágicos, aunque el resto de los cortes sean pura filfa, ya sea por una cuestión de romanticismo en plena era digital, en la que miles de canciones olvidables que se adquieren en diez segundos sin necesidad de mover el trasero del sofá. La inspiración de un instante inmortalizado compensa la morralla y nos hace pasar por caja, para regocijo, cada vez menor, de los que manejan el cotarro en discográficas y en la industria musical tradicional, de maqueta, apuesta, LP y promoción. Una sensación similar es la que transmite «Ombres Chinoises» (Sombras Chinescas, en francés), el primer álbum de estudio de Freak Mummy y perteneciente a esa categoría de obras a las que casi, sólo casi, habría que reservar una estantería aparte gracias a un par de canciones magistrales.

El núcleo de la banda, de embrión madrileño pero de semilla cosmopolita y amplia trayectoria, lo componen Giselle Lau, vocalista de cuna parisina pero de raíces chinas y españolas, que también toca el piano y los teclados, y Javimadrid, quien queda a cargo de las guitarras y que incluso se anima a coger las baquetas en algún tema del álbum. La producción corre a cargo de Josh Tampico, productor de amplísima trayectoria, tanto nacional como internacional.

A través de estas elaboradas sombras chinescas se puede apreciar el buen hacer del dúo madrileño, un grupo sin duda con una estilo propio, que hierve con picos de ebullición un pop-rock independiente con aderezos de ‘chansón’ francesa y rock de guitarra cristalina, de variedad temática en letras valientes y salpicado ambientes oníricos y desgarro contenido.

Con estos presupuestos se configura un trabajo dispar. No es que el álbum albergue canciones en absoluto desechables pero es una obra que deja ese regusto amargo a causa de lo que podía haber sido y no es. Ombres Chinoises esconde un par de maravillas y varios cortes que la escoltan como un par de sabuesos, a la zaga, pero sin llegar a transformarse en cisnes como sus dos hermanas mayores. Asumimos que rayar un nivel altísimo en todas las pistas sólo está a la altura de los más grandes, y éstos también dan palos de ciego a menudo.

El disco arranca un tanto lánguido con “So Lost we Are”, aunque “Mermaid” te obliga a aguzar el oído a pesar del punteo un tanto ratonero que abre la melodía y de que el sonido de la batería quede demasiado en la trastienda. No obstante, el viaje desemboca en una canción pegadiza y que si no alcanza a resultar hipnotizante como reza el estribillo -no en vano se titula Sirena, en inglés- si logra atraparnos y captar la atención para que prestemos atención a lo que sigue.

Y lo que sigue, sin duda, es la mejor canción del disco, que da nombre al álbum. Cantada en francés, ya sea por el ambiente elegante que consiguen las palabras desgajadas en la lengua de Moliére, el medio tiempo titulado “Ombre Chinoise” justifica la compra del disco. Por el equilibrio perfecto que alcanzan la voz de Giselle Lau, impresionante en su interpretación, los tintineos de la guitarra y el contraste entre la suavidad y el ascenso imparable del riff en el clímax , bien asentado el conjunto en las notas dulces del piano de la vocalista.

Una vez escuchada repetidas veces, lo que venga, la vuelta al inglés, se acepta con mucho mejor cuerpo y ya con el ceño desfruncido.

Después de recorrer un par de canciones solventes –“Send Me Flowers”, denuncia del maltrato a las mujeres, tal vez con un excesivo lirismo y cierta carencia de rabia y arrebato para narrar una realidad tan controvertida, y “Juliet”, ésta última una de las puntas de lanza del disco- evidencian que Freak Mummy enamora cuando reduce las pulsaciones y mece las melodías. Mejor los medios tiempos y los arreglos eléctricos de corte intimista que los toboganes rítmicos, a los que todavía se les puede bruñir el acabado para evitar las rebabas metálicas y la sensación de lejanía y eco en cuanto la batería acelera en los baqueteos.

Mejor cuando arrastra su voz Giselle, acompasada a un ritmo lento, como se puede apreciar en la otra espléndida canción del disco, un diamante de muchos quilates titulado “The Present”. También brillan «Patience” y “Sorcières”, piedras semipreciosas de notable belleza, nada de bisutería sonora, que completan la carta de presentación de una banda que, además, posee un buen directo, pulido a lo largo de los años. Si le sumamos la trayectoria, el talento, el buen gusto y las aptitudes que han demostrado Giselle y Javi, no cabe duda del porqué Freak Mummy es ya unos de los grupos de referencia de la escena independiente del rock español.

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