ISOBEL CAMPBELL & MARK LANEGAN, magia sin fuegos de artificio – Crónica de su concierto en el Florida Park de Madrid

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Muchas, muchas ganas teníamos de escuchar en directo ese formidable disco que es “Hawk”, la tercera criatura fruto de la relación musical entre Isobel Campbell y Mark Lanegan. Aun así no pudimos evitar llegar algo tarde –primer viernes de cenas navideñas=caos en el tráfico- al Florida Park, una suntuosa sala de bodas y conciertos ubicada en el madrileño Parque del Retiro, así que nos perdimos la actuación de Harper Simon, hijo de Paul Simon, que presentaba “Wishes and stars”, su álbum debut. El local estaba casi vacío media hora antes de salir la pareja a escena, así que no debió tener a una audiencia entregada, como quien dice… (de hecho nos fuimos con la duda de si llegó a actuar).

Con puntualidad escocesa, es decir, casi veinte minutos tarde, la ex Belle and Sebastian salió a escena acompañada de Lanegan, ex de bastantes más bandas, y los tres instrumentistas de su aventura en directo. Por allí estaban nuestra rubia susurrante, Christina Rosenvinge, Julio Ruiz, el presentador del programa de Radio3 Disco Grande y algunos personajes más de la escena madrileña, aplaudiendo la entrada de la dupla de moda. Sin apenas saludar a su parroquia, se arrancaron con “We die and see beauty reign” bajo un exiguo halo de luz sobre las tablas, creando una inmediata atmósfera de intimidad sumergida en ese juego de voces que afortunadamente, se mostró fantástica en directo a la primera de cambio. Continuaron presentando su nuevo disco por orden: “You won’t let me down again” –espectacular-, “Snake song” –estupenda, pero algo escasa de potencialidad en la instrumentación- y la esperadísima “Come undone”, esa pieza soul que ha hecho las delicias de casi todo bicho viviente que la ha escuchado

Se detuvieron en su repaso de “Hawk” justo cuando tocaba “No place to fall”, interpretada en el disco por Willy Mason. Y es que al parecer, a Lanegan le achanta un poco cantar esa joya del dios Townes van Zandt…

El público había estado expectante ante cada frase de los vocalistas, pero más o menos a partir de ese momento, parte de la audiencia perdió algo de interés y se levantó un irritante murmullo que avergonzaba cuando la música quedaba en momentáneo silencio. Una falta de respeto en toda regla, que se vio agravada por la poca o nula interactuación de la banda con sus oyentes. Y es que Lanegan, por muy Lanegan que sea, termina por aburrir cuando se pasa todo el concierto leyendo las letras en un atril del que apenas levanta la mirada. No queremos que haga el payaso, pero sí que muestre algún resquicio de emoción ante cientos de personas que esperaban verle y que estaban, de hecho, disfrutando del concierto. Isobel tampoco fue ninguna alegría de la huerta, si bien animó el cotarro enganchando estupendamente su violín en canciones como “Eyes of green”.

Lanegan abandonó el escenario para dejar que Campbell enamorara a la sala entera con “Sunrise” y “To hell and back again”, y después, cuando regresó, nos dimos cuenta de por qué le queremos tanto. Sólo un par de canciones sin su voz fueron suficientes para darse cuenta de que enseguida la echas de menos, de que es una presencia arrolladora. Cuando volvió a sonar, fue como reencontrarse con el placer y la devoción a la vez.

La rockabillyana “Get behind me” se quedó bastante descafeinada –ahí si era para haber rockeado al menos un poco sobre las tablas-, pero poco después llegaba uno de los mejores momentos de la noche, con una “Time of the season” en la que el juego de voces rozó la magia.

El repertorio quedó completado por una docena de temas de sus discos anteriores, entre las que destacaron “Ramblin’ man”, “Do you wanna come walk with me”, “Back burner” y “Come on over (turn me on)”. Tras una despedida algo apática, la pareja abandonó el escenario, volviendo enseguida para tocar cuatro temas más que fueron cerrados por la ovación del público, que por cierto no llegó a llenar el Florida Park. Y de nuevo se mostraron casi indolentes al marcharse, esta vez definitivamente. Su guitarrista, viendo la entrega del respetable, fue el único que nos dedicó unas palabras de despedida.

A la salida Campbell y Lanegan firmaron discos y se hicieron fotos con algunos fans, diluyendo los escasos debates sobre el concierto, porque sí, hubo algo de diferencia de opiniones. La frialdad y la sobriedad extrema de la pareja, que a unos encantó, a otros les pareció algo fuera de lugar teniendo al público a escaso medio metro de distancia. Sin duda, un teatro hubiera sido un lugar mucho mejor para celebrar este concierto. Allí sí hubiera cuajado la relación que plantea el dúo con el oyente. Y seguro que esas bocazas hubieran estado cerradas.

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